sábado, 28 de agosto de 2010

La sra. Angelita

Esa que ahora entra es la señora Angelita: “Buenos días, Sra. Angelita, ¿qué va a ser?, ¿un café con leche y un croissant?, ahora mismo se lo llevo “, le digo cada día, más o menos a la misma hora. La Sra. Angelita siempre camina un poco encogida, con los brazos cruzados y pegada a las paredes: “Es por mis ojillos, sabes, están enfermos y no veo bien”, me dice siempre. Los ojos de la Sra. Angelita son grandes y, alguna vez, debieron ser redondos y brillantes (con ese resplandor que concede la bendita inocencia), pero hoy ya están algo caídos y lacrimosos. Y así, caídos y lacrimosos, los veo cada día cuando levanta la cabeza para mascullar: “Muchas gracias, hija mía, eres tan buena conmigo; yo no me levanto porque, ya sabes, soy tan torpe”. Algunas veces nuestra conversación se detiene aquí, pero si no hay mucha gente a quien servir (como normalmente sucede) ella continúa con su monólogo: “Ayer me llamó mi hijico para preguntarme si podían venir a comer este domingo, él y mi nuerecita; ella es muy buena chica, sabes; yo le he contado que no sé que hacer con el perrico, porque es tiempo de vacunas y cuando ve el veterinario se pone así –la Sra. Angelita aprieta los dientes- y a mí me da miedo y me da miedo ponerle el bozal; quizás mi padre...” Y siempre asiento con la cabeza (a veces la escucho y otras no). La Sra. Angelita debió ser morena, pero hoy tiene el pelo muy canoso y siempre va con su rebeca, toda ella de negro (o quizás alguna vez no se ponga rebeca, o quizás alguna vez lleve una falda o un suéter marrón, pero yo, cuando pienso en ella, pienso en una rebeca y en el color negro). Y es curioso, pero mayor no es. Sin embargo, la pobre, tiene tanto miedo y ve tan poco y cruza tanto los brazos y baja tanto la cabeza... Y, además, cuida a su padre: “Ayer no vine porque fui a buscar recetas para mi padre, pero la chica no quiso dármelas porque me han cambiado la hora del médico; yo fui muy educada y le contesté que yo no sabía nada, pero ella me repitió que no podía, que volviese mañana; eso no es justo, digo yo, ni tampoco tener educación ni nada; yo estoy enferma y mis ojicos no ven bien, tú ya lo sabes, y mañana tendré que volver. El mes pasado mi padre enfermó; lo ingresaron en el hospital y cada día lo iba a visitar y luego regresaba para arreglar la casa sin poder; el día que yo caiga en cama no sé que va a pasar”. Su padre, el padre de la Sra. Angelita (o Angelica), siempre se pide un cortado descafeinado de máquina con poca carga, corto y con sacarina (y ahora que pienso, ya llevo varios días sin verlo). Tiene ochenta y tres años, creo, pero está fuerte como un roble, camina muy derecho, no tiene canas (o, más bien, está un poco calvo) y habla claro y alto y, aunque también algo debe tener en la vista, simplemente usa gafas. Él nunca cuenta nada, pero yo sé que hace un mes estuvo ingresado. Un día la Sra. Angelita vino a comer (paella sin sal, si mal no recuerdo) ¡Pobre Sra. Angelica!, pensé entonces. Porque la Sra. Angelita se casó. No sé si joven o no pero, sin duda, en aquellos tiempos luciría unos ojos redondos y brillantes (como los de las actrices de las películas de Chaplin) y también andaría recta y vestiría con alegres telas y bonitos encajes, aunque no muy llamativos.
   Él, su marido, siempre se portó muy bien con ella, nunca la pegó y le daba dinero para pasar el mes. Pero, parece ser, a la menor oportunidad, la engañaba con otras. Ella nunca supo nada (o no quiso enterarse, creo yo) hasta que su hijo se hizo mayor y entonces el hijo le dijo al padre que se fuese, que aquel no era su lugar. Y el marido de la Sra. Angelita se marchó. Ella no le odia, siempre se portó bien, pero el día de la boda de su hijo no se acercó a él. Fue él quien le preguntó cómo se encontraba. Y toda la familia, la de ella –su padre y su hijo- y la de él, la apoyó.
   Todo esto y mucho más me cuenta la Sra. Angelita y yo a veces la escucho y otras no.
“¿Quiere los periódicos, Sra. Angelita?”, le digo. “Si no te importa, hija mía, yo no te los he pedido por no molestar; son para el perrito, como yo no lo puedo sacar, pues para que él haga sus cosas; me hace tanta compañía, aunque no sé si llamar al veterinario o no; quizás llame a otro veterinario a quien el perro no reconozca... Sois tan buenos conmigo, a mi hijo siempre se lo digo...”  Y, la escuche o no, siempre la miro con la misma dulzura con que la debe mirar su padre, su hijo y el que fue su marido y la familia de su marido.
                                                               
  lsorciere
24 de marzo de 1999

jueves, 26 de agosto de 2010

El cazador de esencias

Yo no sé de historia, pero sé lo que recuerdo y lo que recuerdo es esto:
   Yo en el s. XVI ya era hombre. Vivía –a veces en mi sueño la veo- en una austera cabaña sin espejos. Por eso, mi rostro en mi memoria siempre resulta algo difuso, marcado por los tenues pliegues de las aguas del lago, a cuyos pies se abrían los pasadizos secretos de mi frondoso palacio donde, por suelo, tenía agreste, húmeda y mohosa roca; por todo ornamento, ciento un árbol; en mis aposentos, apenas algo más que un camastro. Allí, mi lago –pequeño, cristalino, silencioso como el alma que reposa- respiraba con el latido de las truchas: continuo, monótono, despacio.
   En aquel entonces, las fronteras de Europa para mí eran meras verjas de jardines infinitos. A ellos brindaba visitas de pleitesía cada cierto tiempo: bien fuese, impuesto por las necesidades de la supervivencia, para practicar el burdo trueque (mi mujer, que ahora duerme, a menudo me cuenta como, a media noche, nombro medidas antiguas y raros latines, como regateo con pieles, resinas y confituras por vestidos y camisas); bien para ejercer, al arribo de un mensaje cifrado requiriendo unos servicios, mi extraño oficio (extraño y de origen tan desconocido que nunca generó escuela), pues, en un mundo de miradas imprecisas, yo cazaba las oscuras esencias de los hombres.
   Por la gracia de mi don, yo habría podido ser, como aquellos para quienes trabajaba, un prohombre, amasar inmensas fortunas, financiar descubrimientos e inventos de la época... Pero nunca mis deseos abrigaron grandes ambiciones, que yo recuerde, o al menos ambiciones relacionadas con la acumulación de poder y de capital, santos patrones de nuestra actual economía, y siempre me conformé con una vida solitaria, casi ermitaña, que se mantuvo en sano equilibrio entre el hermetismo y la reflexión y las mundanales experiencias urbanas y cortesanas.
   Más por intuición que por rememoración propia, deduzco en mi oficio los albores de una todavía embrionaria psicología, cuyos últimos penosos resultados han sido vulgares psicotécnicos para cajeras de supermercado, convirtiendo el arte de la observación en puro cuestionario. Porque mi oficio, como el homo afarensis, formó parte de la evolución, extinguiéndose en el camino. Y aunque en el s. XVI nadie, como yo ahora, conocía mi rostro, de boca en boca se propagó mi fama de hombre justo y en todas las lenguas se alabaron las grandezas de mi arte. Yo era el cazador de esencias.
   La razón de mi renombre no fue otra sino que, ya entonces, la mentira, el deshonor y la falta de palabra comenzaban a ser moneda de cambio en todos los negocios, acostumbrándose la gente, cada vez más, a dejarse llevar por los bellos vocablos, los bellos objetos y los bellos cuerpos, deslumbrando y desviando la atención con el único fin de usar y timar.
   Mis diversas y variadas técnicas de investigación dependieron siempre de dónde se realizaba el negocio que debía evaluar. En algunas ocasiones, si este se llevaba a cabo en ambiente hogareño y cerrado, me camuflaba entre el servicio. En otras muchas, mi inventiva se ampliaba convirtiéndome en representante de inexistentes casas de joyas, en noble, en caballero, en vendedor de frutas. Y en casi todas ellas me vi en hostales y burdeles, ya fuese en mesa o cama vecina, saboreando y compartiendo con todos aquellos banqueros, incipientes burgueses, marchantes, mercaderes e incluso reyes los placeres de los sentidos.
   De esta manera escuchaba, estudiaba y analizaba sin ser visto conversaciones privadas: escuchaba, al cerrar los ojos, el tono y el timbre de sus voces; con la mente en profundo silencio, estudiaba el alo de sus gestos navegando en el viento; analizaba sobre todo, como al buen vino dejándolo reposar primero, el aroma desprendido de cada uno de sus actos. Era especialmente a partir de los más superfluos, aquellos que se pierden en el inconsciente para luego aflorar por dentro tal que si soplo de dioses fuesen, como conseguía conocer los más sinceros sentimientos: si la persona por la cual yo había sido contratado respondería a lo pactado, si sería honesta, resuelta y firme o si, por lo contrario, su avaricia o su pedantería o su cobardía (o todo junto, que casos también los había) rompería cualquier posible acuerdo. Sin embargo, los honorarios cobrados a cambio de tan valiosa información en ningún momento hicieron pequeña sombra a las ingentes sumas manejadas por las excelentísimas damas y los ilustres caballeros cuyos retratos y largos nombres plagan las páginas de la historia.
   De todo lo que fui, de todo lo que viví, hoy nada queda. Apenas cuatro sueños difíciles de descifrar cuando el mundo, desde entonces y hasta ahora, ha cambiado tanto. Fugaces risas, susurros prohibidos cantados a media voz cuando la operación alcanzaba su cenit. Palabras secretas que nunca fueron escritas. Y si bien es cierto que, tras tanto sentir, despierto sudoroso y sediento, también lo es que no me arrepiento ni reniego de mi larga experiencia: a ella debo mi sabiduría añeja y a ella agradezco el poder saborear la desnuda sencillez de mi mujer junto a mi almohada. Su respiración, entremezclada con el cantar de los pájaros y de las tabernas, me muestra mi más apreciada esencia.
   Y, ahora, unos minutos de silencio, ella se despereza.
 
  lsorciere
 
                                                                            31 de diciembre del 2000